sábado, 20 de junio de 2026

DESPUÉS DEL SUSTO, LA REFLEXIÓN

 Entrada en la que relato un gran susto que me ha servido para aprender una valiosa lección. 


   Hoy la vida me ha puesto en mi sitio. De una manera dolorosa, apretando pero sin ahogar. Lo justo para sacar a la luz mis debilidades y obligarme con ello a hacerlas fortalezas. Lo que está en juego es algo muy grande, la vida.

   Hemos tenido una cena familiar. Buenas noticias médicas, notas con notables y sobresalientes y un terremoto que no para. Y ahí estaba yo, atenta a mi pequeño y a su pelota. Cada vez que se acercaba a una escalera, le vigilaba de cerca. Sé que las sube y las baja perfectamente, pero soy mamá y no lo puedo evitar. La vida me ha dicho que me olvide de las escaleras, que ahí no estaba el peligro. Pero en ese momento no he recibido el mensaje.

   El tío estaba jugando con sus sobrinos y dos pelotas. Un sobrino le ha agarrado la pierna, se ha tropezado y mi pequeño se ha dado un golpe contra el suelo. Corriendo el resto de adultos hemos ido a por él y a por el otro pequeño que también lloraba. Y entonces mi pequeño se ha quedado encanado. No arrancaba a llorar. Por un instante casi pierde el conocimiento. En ese momento me he puesto a chillar y me he sentado, dejando que los demás actuaran. Cuando ha empezado a respirar he vuelto a hacerlo yo también. Estaba un poco pálido pero con agua se le ha ido pasando y ha estado jugando un rato después del berrinche. Yo le miraraba sentada. Mis piernas no me permitían estar de pie. No ha vomitado ni perdido el conocimiento, todo ha quedado en un gran susto. Aprovechando las fiestas del barrio nos hemos montado en una atracción y hemos pescado patitos. Lo ha hecho muy bien, demostrando que estaba perfectamente y que tenía coordinación.

   Cuando hay algo que me hace llorar intento buscar la manera de evitarlo. Recapacito sobre la situación y busco la forma de no repetirla. En esta ocasión hay cosas que no puedo evitar. Hoy se ha tropezado una persona y mañana puedo ser yo o cualquiera que pase por la calle. Es un accidente. Es ese 10% que no podemos evitar.

   Decía antes que la vida me ha puesto en mi sitio, de una forma bastante dura. Y es porque me ha hecho darme cuenta que no estoy preparada para afrontar situaciones que se pueden dar cualquier día. Mi actitud es el 90% y tengo que cambiarla. A ver, sé que suena difícil que yo no chille cuando veo que mi hijo no respira. Mi hijo, una persona querida, un desconocido. Es una situación que asusta. Y puede que hacer algún curso de primeros auxilios no me ayude a mantener la calma. Pero me voy a poner con ello. Tengo la esperanza de que si me veo en esta situación de nuevo (deseo con todas mis fuerzas que no) saber reaccionar. Tenerlo tan interiorizado que sea capaz de conectar con ese conocimiento. Me da igual chillar, pero saber reaccionar. Aunque no sé si ambas cosas son compatibles.

   A toro pasado me ha llegado el recuerdo que en alguna clase de postparto nos comentaron que cuando se encanan hay que soplarles en la cara o darles una palmada fuerte delante de la nariz. En el momento de crisis no lo recordaba. Sólo chillaba, como si eso ayudara en algo. En fin. Hace ya años de esas clases que nos daba la matrona con nuestro bebé en brazos. Ya va siendo hora de recordar la teoría y tener presente cómo actuar ante una situación así. Que aunque puede que no lo vaya a poner en práctica con mi pequeño (es mi mayor deseo), tal vez pueda ayudar a una mamá asustada. Aunque ojalá que ese conocimiento nunca tenga que ponerlo en práctica.

   Escucho a mi pequeño dormir. Si ayer era feliz oyéndole, hoy lo soy aún más. Y mira que he llevado un día de esos en los que todo sale mal. Pero de nuevo la vida me ha dicho que lo más importante es la salud. Porque tener salud es tener vida.

   Para finalizar quiero dar las gracias. A mi pequeño por reaccionar, a las personas que han mantenido la calma que yo no he tenido. Ellas y ellos han sabido controlar la situación. Y no sé si al destino, a su ángel de la guarda o a la vida misma. Gracias por gritarme que necesito hacer un curso de primeros auxilios, por demostrarme que perder la calma no es lo que se debe hacer en situaciones así. Bueno ni en situaciones así ni en general en la vida. Gracias por demostrarme que yo no tengo la última palabra en lo que accidentes se refiere. Hoy he aprendido que si hubiera pasado algo grave no habría sido por culpa de nadie. Hay veces que pasan cosas y aunque veas cómo pasan no puedes hacer nada para evitar que pasen. Y de eso se trata. De quitarme esa pesada carga. Mi labor es seguir vigilando cuando sube o baja por una escalera, cuando se sube a un tobogán o cogiéndole la mano al cruzar una carretera. Pero aunque le digo muchas veces "mi vida". Yo tengo la mía y él tiene la suya.

   Gracias por leerme y si sabes de algún curso de primeros auxilios, estaré encantada de recibir la información. 

lunes, 25 de mayo de 2026

APRENDIENDO A DECIR "NO"



Entrada en la que hablo de algo que parece fácil pero no siempre lo es.


   Nos pasamos la vida aprendiendo. Idiomas, manejo de teléfono móvil, cocina... En cada etapa aprendemos una cosa. No siempre son visibles, hay veces que aprendemos cosas invisibles. Como por ejemplo, decir "no". Si has hecho una mueca al leer la última frase, choca esos cinco, tenemos mucho en común.

   He tenido unos años en los que siempre decía que sí. Estaba necesitada de cariño y tenía el listón bajo... muy bajo. Si, estoy hablando otra vez de amor. Aunque no siempre había amor y la mayoría de veces había sexo. La de veces que me he tirado a la piscina sin mirar si había agua. La de películas que me montaba yo sola después del primer beso. La de cenas que le dejé a deber a un buen amigo que me daba consejos como "no le digas que sí al primero que te guste". O las veces que habré oído frases como "adelante, sigue, ambas sabemos que te vas a estrellar. ¿Es lo que quieres? Pues venga" cuando en su mirada decía "sabes que voy a estar aquí cuando te hagas daño". Pero no me arrepiento de nada. Cada uno de los castillos en el aire eran míos y gracias a ellos soy quien soy.

   En otros momentos de mi vida he dicho muchas veces "sí" cuando tenía que haber gritado "NO". Pero no lo he hecho porque no sabía pronunciar esas palabras. Tal vez era el miedo a lo que pudiera pasar lo que me llevara a decir lo contrario a lo que pensaba. Otras veces simplemente me dejaba llevar. No me planteaba que podía dar una respuesta diferente a la que daba. Y sí, también el amor hacía de las suyas y me nublaba la razón de tal manera que no era consciente de mi error. Porque decir "si" cuando quieres decir "no" te lleva a una situación incómoda. Pero bueno, te justificas porque al fin y al cabo has aceptado. Y cuando esa situación se repite con la misma persona entras en un círculo vicioso del que cuesta mucho salir. Esa persona te trata como tú le permites. Y cambiar eso cuesta mucho. 

   Decir "no" es marcar un límite. Y no siempre es fácil hacerlo. Sobretodo cuando nunca ha estado dicho límite. Yo soy la primera que si hago lo que me da la gana, el primer día que no puedo hacerlo, me mosqueo. Aunque yo no sería capaz de tratar a la gente como me han tratado a mí en algunas ocasiones. Y eso que he metido la pata como la que más. 

   No sé si lo habrás podido intuir, pero hoy es uno de esos días que escribo para mí. De alguna manera necesito reafirmarme en mi propósito de marcar límites y no dejar que las personas a las que nunca se los he puesto, los crucen. Ya no tengo miedo al futuro. Mentira tengo miedo. Pero la idea de dejar que las cosas sigan igual me da aún más miedo. Porque una de las cosas que pasan cuando dices tantas veces lo contrario a lo que piensas, es que te pierdes. Cada "sí " te aleja de tu esencia. Y cuando menos te lo esperas, tú no eres tú. Y eso no me lo puedo permitir. Porque el volver a ser yo cuesta mucho. 

   Bueno, por hoy doy por finalizada la entrada. Espero que te haya gustado. Si tienes alguna herramienta que me pueda ayudar a seguir diciendo "no" te animo a compartirla en comentarios. Gracias por tu tiempo.



viernes, 15 de mayo de 2026

SNOOPY

 



Entrada en la que dedico unas palabras a Snoopy, el guaperas de la foto. 


   Hace ya algunas semanas que te fuiste y desde el día que me enteré de tu partida he querido dedicarte unas letras. Sé que no lo vas a leer pero quiero dejar por escrito lo grande que fuiste a pesar de tu tamaño. 

   Llegaste a este mundo para ser feliz y dar felicidad. Aunque, en tus primeros meses de vida, no fuera así. Pero sí en los siguientes. En cuanto tu mirada y la de ella se cruzaron, supisteis que estabais hechos el uno para el otro. Fue un flechazo, pero no uno de esos que hoy os queréis y mañana no. Sino uno de verdad, de los que duran toda a la vida a pesar de las dificultades. Y no me sorprende, porque ambos tenéis un corazón que a mucha gente le gustaría.

   Recuerdo que cuando te conocí me caíste genial. Eras juguetón pero un ratito, luego ya ibas a tu aire. Eso sí, como tuviera en la mano algo de comida, sabía que no te ibas a separar de mi lado. Ella me contaba tus trastadas, la mayoría robos. Y tu alegría al verla cuando volvía a casa.

   Quiero darte las gracias de corazón. Has estado en su vida en todos esos momentos en los que necesitaba un abrazo. Diciéndole sin palabras que tal o cual persona no era de fiar. Lamiendo su cara cuando lloraba, sacándola de casa cuando no tenía ganas, acompañándola si la soledad llamaba a su puerta. La vida no le ha tratado todo lo bien que se merece y aunque yo no le he podido dar el apoyo que ha necesitado en algunos momentos, nunca ha estado sola y todo es gracias a tí. 

   Te voy a pedir un favor, aunque ya sé que estás en ello. Susúrrale al oído a quien elegir. Ayúdale a decidirse por un nuevo compañero de vida. Ya sabes que el hueco que tú dejas está intacto en su corazón, pero se merece darle cariño a alguien más. Poner en práctica todo lo aprendido contigo y cuidar a un ser de cuatro patas que le va a cuidar y querer a ella tanto como lo hiciste tú. 

   Poco más que añadir. Sólo decirte que cuando llegue mi hora, espero que tú seas, junto con Reina, el que venga a darme la bienvenida. 

jueves, 14 de mayo de 2026

UN DÍA PERFECTO








Entrada en la que hablo de un día muy especial. De esos que esperas repetir pronto. 

   Hay días en los que te levantas normal y te acuestas con las pilas cargadas y una gran sonrisa dibujando tu cara. Días que te gustaría repetir minuto por minuto. Esos días en los que agradeces al universo la gran suerte que tienes por estar rodeada de personas con una gran calidad humana.

   Muchas veces acudo a mi espacio personal a contar que la vida me ha golpeado. En esta ocasión me ha dado un abrazo regalándome un gran día perfecto y también quiero contarlo. Así que, si has llorado con alguna de mis letras, ahora vamos a sonreír.

   Estaba de vacaciones y a pesar de ello, sonó la alarma. Mi pequeño tenía que ir a la guardería para acabar una cosilla que tenía para mi. Así que le llevé para que trabajara y disfrutara con sus amigos. 

   Me fui a ver a una amiga. Tenía que aprovechar el tiempo para tener una de esas conversaciones que nunca acaban. Tras el abrazo inicial, nos fuimos a desayunar. Intenté recordar el tiempo que hacía desde la última vez que estuvimos solas y no fui capaz. 

   Hablamos del presente. Poniéndonos al día de las pequeñas cosas. Del pasado, recordando años de amistad y del futuro. Ese maravilloso tiempo que vamos a compartir juntas. Somos dos personas que nos adaptamos fácilmente. Estábamos sentadas y decidimos dar un paseo, llovió, nos pusimos a cubierto, salió el sol y nosotras como los caracoles a tomar un par de rayos. Da igual el sitio, lo importante era la compañía y teníamos la mejor. Ambas disfrutamos de no estar pendientes de nadie mas que de nosotras mismas. 

   Llegada la hora de comer fui a un restaurante. Esa sensación de poder hablar sin tener a un pequeño que atender fue totalmente nueva. Disfruté un montón. 

   Recoger a mi pequeño fue un momento súper bonito. Siempre sale corriendo y en esta ocasión tenía un regalo para mí por el día de la madre. Era una medalla preciosa que puedes ver al principio de esta entrada. 

   Pero el día y los buenos momentos no acababan. Nos fuimos a un centro comercial donde nos esperaban dos buenas amigas y el hijo de una de ellas. Poco caso nos hicimos y yo pude disfrutar de una tranquila charla, mientras él jugaba con el otro niño. Conocimos al nuevo integrante del grupo, que tiene nuestra aprobación. 

   Ya en el coche, de camino a casa, iba sonriendo. Hacía tiempo que no tenía un día tan bonito. Me vino genial ese día para recordar varias cosas. Que no estoy sola, que hay personas que me apoyan incondicionalmente y que soy muy afortunada. 

   Y tú, que estás leyendo esto, formas parte de mi fortuna. ¿Has tenido algún día tan bonito como el mío? Seguro que sí. Te animo a contarlo en comentarios. Gracias por tu valioso tiempo.

sábado, 10 de enero de 2026

SENTIR EN SILENCIO

 Entrada en la que reflexiono sobre las veces en las que callamos lo que sentimos.


   Hay veces que la vida te obliga a sentir en silencio. Y no solo hablo de amor, mi tema favorito, sino otros muchos sentimientos. Dolor, enfado, tristeza... Otras veces te ves obligado a callar enfermedades o injusticias.


   El silencio, aunque en ocasiones necesario, puede ayudar o destruir con la misma intensidad. Incluso ambas cosas dependiendo del momento. En otras ocasiones el silencio grita lo que callan las palabras. Y los sentimientos se hacen más fuertes e intensos. Empiezan siendo pequeños hasta que llega el momento que son tan grandes que no caben en el corazón. Y en ese momento salen de dentro y no siempre de la mejor manera. Un grito, horas llorando e incluso una enfermedad pueden ser consecuencia de sentimientos callados durante mucho tiempo.


   ¿Por qué la vida hay veces que nos obliga a callar sentimientos? Por otros sentimientos como el miedo. Yo creo que es el más común. No te digo que te quiero por miedo a que me rechaces, no te digo que estoy triste por miedo a tu indiferencia, no denuncio una injusticia por miedo a que tenga consecuencias negativas hacia mi persona. Y así multitud de veces. El no querer molestar o dar pena son otros motivos por los que nos callamos cosas. No te quiero decir que estoy ingresado porque vas a volver de tu viaje, no te quiero contar mi situación actual porque te vas a compadecer de mí y no necesito eso.


   Los muros nos vienen bien para eso de no expresar las emociones. Mostramos la cara que queremos que vea la gente. Sonreímos a nuestros hijos al dejarles llorando en la guardería porque queremos transmitirles felicidad. Aunque al darnos la vuelta lágrimas de dolor y rabia resbalen por nuestras mejillas. Con los hijos fingimos mucho. Decimos en el trabajo "Buenos días" y "feliz lunes" a pesar de haber pasado un fin de semana peleando con la pareja. No queremos tener que contar que las ojeras que se esconden tras el maquillaje se deben a toda la noche sin dormir.


   Acumular siempre es malo. Acumular sonrisas sin tener con quien compartirlas hace que tengamos sentimientos de soledad y abandono. Acumular tristezas nos puede llevar a una depresión. Acumular besos puede hacer que cuando queramos darlos ya sea tarde para la otra persona. Acumular palabras y pensamientos no expresados nos puede llevar a redactar entradas de blog como esta. Aunque esto último no lo considero algo negativo. 


   ¿Es bueno mantener las emociones en silencio o no? Yo creo que en esto, como en la mayoría de las cosas, lo mejor es el equilibrio. Ni gritarle a la señora que te ha dado sin querer con el paraguas en el tranvía ni decirle a tu mejor amiga que estás bien cuando llevas una semana llorando todas las noches. Pero es tan difícil encontrar el equilibrio, que hay veces que optamos por lo fácil. Guardar silencio y tal vez expresar sin palabras la emoción que invade nuestro corazón. Porque de esa manera sólo las personas que nos quieren bien, pueden intuir que algo pasa.


   ¿Y yo? ¿En qué punto estoy? En modo "propósitos de año nuevo". Uno de ellos es participar en concursos literarios. Pero eso es el tejado de la casa. Así que he decidido empezar por los cimientos, por mi blog. Por este espacio íntimo y personal en el que me puedo expresar con total libertad, escribiendo entre líneas, dejando que los pensamientos me lleven al destino. Todo eso es práctica a la hora de meterme en harina con los personajes, porque yo les digo cómo empieza la historia y ellos me cuentan el resto.


   Y en cuanto a lo de la vida que hay veces que nos obliga a sentir en silencio... Estoy buscando el equilibrio. Lidiando con las emociones, intentando expresarlas cuando considero que va a servir para algo. Guardando en un cajón esas lágrimas que salen solas al dejar a mi bebé llorando en la guardería, conteniendo el impulso de llevármelo al trabajo. Siendo aries, lo de controlar el impulso no es nada fácil. Y el lunes sonreiré al llegar al trabajo y diré "Buenos días" mientras en mi mente sonará "de buenos nada, que mañana tengo dentista y estoy muerta de miedo". 


   Me pasaría horas escribiendo sobre el tema, pero quiero dejar la entrada de blog terminada. Te doy las gracias por los minutos que has dedicado al leer mis letras y te animo a dejar un comentario si te apetece. No obstante, antes de despedirme, una pregunta ¿cuál es la última emoción que te has callado?.