Categorías.

RALLADAS (132) DEDICADO A... (45) RAYADAS (43) RELATOS (40) AMOR (20) VIVENCIAS (14) SIN ETIQUETA (11) EXCURSIONES (10) DIARIO (6) DESAFÍOS (3) CONCURSO (2) NUEVA ENTRADA. (2) Primera entrada del blog. (1)
Mostrando entradas con la etiqueta EXCURSIONES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EXCURSIONES. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de junio de 2019

LA RUTA DE LAS EMOCIONES






Entrada en la que cuento cómo fue una ruta dominguera. 
   Es habitual que los domingos el despertador suene antes que entre semana. Pero lo de éste fue pasarse. Vale, sí, lo reconozco. Parte del sueño fue culpa mía porque me acosté tarde. Pero volvería a hacerlo. Cuando te lo pasas bien, las horas avanzan a la velocidad de la luz. Bueno, que me voy del tema, como decía, madrugué mucho. Eso sí, no lo hice sola y desperté a mis dos ¿pequeños? ¿hombrecitos?. A mis dos amores. Con la legaña aún colgando salimos de casa.

   A la hora prevista, más o menos, hicimos nuestra primera parada. Recogíamos a nuestra amiga perruna y a su dueño. El animal era el más despierto de los ocupantes del vehículo.

   Con cinco minutos de retraso llegamos al punto de encuentro. Allí estaban mi gran amiga y su perrete, un hombre al que conozco de un día y dos mujeres y otro hombre más. Estábamos al completo. La ruta la decidimos en ese momento. Elegimos el lugar donde menos probabilidad de lluvia había. Con la ruta clara, reparto de coches y a la carretera.

   Mi niño pequeño se quedó dormido en el coche  y cuando me monté seguía feliz en su mundo de sueños. Lo que no imaginaba en ese momento era que su despertar iba a ser con la palabra "accidente".

   En el primer coche iba el chico al que conocí un día, mi hijo mayor, una mujer con la que iba a empatizar y aún no lo sabía y mi gran amiga con mi pequeño amigo perruno. En el segundo un hombre y una mujer que no conocía y en la cola íbamos nosotros. Un pequeño durmiente, una perra a la expectativa de ver dónde la llevábamos, su dueño y una servidora. No tardamos en perderles de vista.

   Iba yo feliz por mi carril de la autovía y de repente vi una nube de humo. En realidad no era humo, sino tierra. Un coche que iba en dirección Zaragoza, acabó en el arcén del sentido contrario. Se me paró el corazón. Pensaba que había sido alguno de los coches que llevábamos delante. Mi compañero adulto me tranquilizaba. "No han sido ellos. Tú tranquila. Reduce poco a poco y pégate a la derecha." Lo hice. El corazón se me aceleró al ver un coche en la cuneta. El hombre me dijo que me quedara dentro, salió y habló con el conductor accidentado. Un minuto después yo salía, con el teléfono en la mano, para llamar a emergencias. En cuestión de minutos estaba con nosotros un trabajador de mantenimiento de autovías. Le pasé el aparato para que dijera la ubicación exacta. Entre mi sentido de la orientación y los nervios me llegaba justo para recordar que hacía poco habíamos pasado un cartel que decía " Huesca 11 kilómetros". Al poco de colgar llegaba la guardia civil. En el coche accidentado sólo iba un hombre que yo noté aturdido por el susto. No era para menos, tenía golpe en el parabrisas y en el morro. La puerta no se podía abrir. Tras hablar con él, el hombre uniformado me dio las gracias por parar y continuamos nuestro viaje.

   Ya estaban avisadas las personas de los dos coches de delante, que al poco nos dijeron que nos esperaban en un bar de un bonito pueblo, Ayerbe. En ese momento luchaba contra las lágrimas. Mi pequeño estaba despierto y necesitaba toda la atención para evitar cualquier tipo de distracción. Pensé en qué habría pasado si hubiera pasado 30 segundos antes por el lugar del accidente. Imaginarme un coche cruzando de lado a lado los dos carriles de mi sentido mientras yo circulo a la velocidad de la vía, me ponía los pelos de punta. Habría muchas posibilidades de que si hubiera pasado, ahora no estaría escribiendo esto. Esos pensamientos no ayudaban, así que decidí aparcarlos. Intentaba relajarme.

   Una vez en Ayerbe, entré con el pequeño en la pastelería. Venía bien endulzar la mañana que había empezado con emociones con las que no contaba. Un pis antes de seguir la marcha y en el baño me derrumbé. Tenía que sacar fuera ese nudo que me oprimía. Mi amiga me apoyó y una de las compañeras de ruta también. ¿Alguna vez habéis empatizado con una persona que no conocéis de nada? Es muy bonito. Te sientes comprendida. Tras ese momento de bajón y con la cara lavada, seguimos camino.

   Ahí estaban ellos. Grandes y altos como ellos solos. Los mallos de Riglos. Fue una de mis primeras excursiones y me gustó volver. Una pelea con la aplicación que nos guía y a disfrutar del camino. Foto aquí, foto allá. Todo verde y muy bonito. Conforme avanzaba, dejaba atrás la ciudad, la rutina, el susto mañanero, las obligaciones. Me sentía parte de esa belleza.

   Entre los dueños de las mascotas se cambiaron el calzado. Las botas del dueño de la perra preferían ver el paisaje colgadas de la mochila, así que decidieron romperse. Afortunadamente, la dueña del perro estaba cogiendo manía a sus botas recién estrenadas y ambos tenían el mismo número. Así que ella hizo el paseo con unas deportivas comodísimas.

   Una parada para almorzar y seguimos trayecto. A ver, que yo lo cuento muy alegremente. Pero lo que nadie sabe es lo que pasa por mi cabeza cada vez que veo una cuesta. Desde "quién me manda a mí" hasta "no puedo con mi alma" pasando por "llego hasta arriba como que me llamo" sin olvidarme de "estoy tan cansada que no puedo ni pensar". Suena a masoquista, pero me encanta. Cada ruta con desnivel o larga y llana, supone un reto físico y mental. Las recompensas son muchas, desde las vistas hasta la satisfacción personal cuando los números hablan de desnivel y kilómetros.

   El día no podía ir mejor. Y aunque en ese momento no lo pensaba, es maravilloso poder caminar con mis dos amores, con gente de la que me llevo un buen recuerdo y con una gran amiga. La montaña es mucho más que árboles o calzado cómodo. La montaña es una palabra de ánimo, una conversación sobre las próximas rutas, mil ofrecimientos de dejarte un palo para ayudarte. La montaña sabe a unicornios de gominola, sandwich de pavo y queso, cerezas, frutos secos. El sonido de los pájaros interrumpe las conversaciones. Y en lo alto el sol sonríe a los que llevan crema y maltrata a los que no. Te puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Pero andar con gente y tener la confianza de que pase lo que pase vas a tener a alguien que te apoye, es lo más. Todo el mundo no es así. Pero yo he tenido la suerte este domingo y en muchas excursiones anteriores, de contar con gente que da confianza y te hace sentir una más.

   Finalizada la ruta y tras hablar con cada compañero de ruta cuando el aliento me lo permitía, llegamos al pueblo donde esperaba una botella de agua fresca y una caña con limón. Comimos gracias a que mi gran amiga tiene un gran corazón y un tupper gigante llevo de carne empanada. Eso no se paga con dinero. Ni eso, ni que el dueño de la perra coja el volante y conduzca de vuelta.

   Cuando llegué a la ciudad, me había olvidado del madrugón y de las cuestas. En mi recuerdo sólo queda la satisfacción de haber ayudado a una persona en apuros. La alegría de conocer a gente tan maja. El orgullo de tener unos hijos que dijo la mujer del bar que eran muy educados. Y la sensación de que soy una campeona porque no tengo agujetas.

   Y hasta aquí mi resumen de un día intenso. Te animo a comentar, a seguir leyendo entradas y sobretodo, gracias por dedicarme unos minutos de tu tiempo.

sábado, 25 de mayo de 2019

EXCURSIÓN CON INCIDENCIAS


  

Entrada en la que hablo de un día de esos que cargan las pilas. 

   Y allí estaba yo, una vez más, apagando una alarma impertinente. El sol, en lo alto, se sorprendía de que me hubiera levantado tan pronto. El motivo no era otro que hacer una de las cosas que me da la vida, subir a la montaña.

   A la hora prevista... Vale, sí, algo más tarde de la hora acordada, llegaba al punto de encuentro. Minutos más tarde, la nevera que llevo de rehén, ya contenía todo lo necesario para pasar el día en un lugar maravilloso. Bueno, en realidad faltaba una cosa, agua. Pero eso lo descubriría casi doce horas después.

   La primera parada fue en una gasolinera. Un problema con la tarjeta nos llevó al pueblo cercano y de nuevo a dicho establecimiento. Pagada la deuda recién contraída y con el señor conductor contrariado, seguimos camino. Yo, que hasta entonces parecía un oso por los bostezos, me despejé un poco para defender a las personas que trabajamos de cara al público. No es que mi compañero de aventuras los atacara, sino que una servidora tenía ganas de incordiar.

   Las "incidencias", que decía el señor conductor, pasaron de ser una, a ser dos. Haciendo caso al gps nos metimos con el coche por un camino en el que, hasta las cabras, tendrían dificultad para acceder. Decidimos dar media vuelta y empezar la ruta por la parte catalana.

   Nuestro destino era Montfalcó o Congosto de Mont-rebei. Un bonito paseo que se empieza en Aragón y se termina en Cataluña y viceversa. Ya aparcados, preparamos las cosas. Comida que no pesa para mí, comida que pesa para él y el agua a medias. Crema por aquí, crema por allá. Se pone las botas (literalmente) mi guía y empezamos a andar.

   No tenemos dificultad para encontrar el sendero. Por el camino aprovechamos para saludar a unos amables burros que se dejaron fotografiar. Las bromas no tardaron el aparecer. Entre risas continuamos la ruta.

   El objetivo de uno y otra era diferente, el trato era el mismo. Tres horas de subida y tres horas de bajada, en eso coincidimos. Él quería llegar a las pasarelas y yo prefería no llegar, me daban miedo. ¿Llegaríamos a ellas? Enseguida lo cuento.

   Había tres puntos que mi compañero de fatigas se había propuesto. Dos puentes y las pasarelas. No tardamos en llegar al primer puente. Es muy bonito. Mires donde mires sólo ves el lago. El color, azul verdoso o verde azulado, no lo tengo claro. Me sacas de los colores primarios y me pierdo.

   Foto aquí, foto allá. A cada paso que dábamos el paisaje se volvía más y más bonito. Y a la vez, mi felicidad crecía. Antes he comentado que la montaña me da la vida y no exagero. De buena gana me habría sentado en cualquier lugar de la ruta, a dejar pasar el tiempo. Es muy bonita esa sensación de felicidad, de plenitud, de sentir que eres la persona más afortunada del mundo porque puedes ver el paisaje. Lejos quedaba cuando hace unas semanas mi amigo me dijo de ir allí. No me veía subiendo unas escaleras que parecía que estaban colgando. Pero respiré hondo y recordé que estoy en un punto en el que no quiero saber nada de mi zona de confort y accedí. Lo mejor que pude hacer, sin duda.

   Pasado el segundo puente y con la vista fija en unas pasarelas que colgaban en mitad de la roca, empezó la peor parte del trayecto para mí. Momento "¿quién me manda a mí?". Lo pasé mal, muy mal. Era una subida fuerte. El sol estaba muy feliz calentando nuestro cuerpo y acentuando el cansancio. En varios momentos del trayecto, estuve a punto de decirle a mi compañero que abandonaba, que no subía mas. Pero algo me empujaba hacia arriba. He de reconocer que se portó genial conmigo. Me decía en todo momento que no faltaba nada, que ya llegábamos. El hombre tenía suerte de que yo no pudiera hablar, porque lo que pensaba era algo del estilo "¿cómo sabes que queda poco si no tlenes ni idea?". Mis pensamientos no daban para más, así que se quedaban ahí.

   Tras la eterna subida llegamos a lo más alto. Y entonces va el tío y me dice que hay que bajar por las escaleras. Le miré con cara de "en serio, dime donde has dejado las drogas". Bajé dos escaleras, tengo una foto que lo demuestra, y le di mi móvil. Como buen senderista, no quería irse y dejarme sola, pero no le di opción. Cogí su mochila y disfruté de un rato de soledad y buenas vistas. Saludaba a la gente que pasaba y mis pulmones y piernas agradecían la tregua. Me sentía feliz, en paz conmigo misma. El esfuerzo mereció la pena. Siempre la merece, aunque en ese momento tenga mis dudas. No abandoné, seguí adelante hasta el final y me sentía muy orgullosa.

   Mi felicidad se sumó a la de mi amigo cuando subió por las escaleras. Había completado los tres puntos que tenía en mente, aunque pensaba que no íbamos a llegar a las pasarelas. Sus ojos y sonrisa lo decían todo.

   Con la tripa llena, empezó la vuelta. Lo que antes habíamos subido, ahora tocaba bajarlo... Y viceversa. Las bromas se sucedían a lo largo del camino, cuando me apuraba alguna cuesta. "Cuando llegues a casa me vas a hacer vudú" "Si, no te quepa duda. En vez de sal, pediré a los vecinos agujas". Es una de las pocas bromas que fui capaz de contestar. El resto del camino iba pensando en la próxima ruta. Esta vez me toca a mí decidirla y aunque no sé cuál será, seguro que encuentro alguna que esté a la altura. En todos los sentidos, tanto de belleza como de desnivel.

   Una lección que aprendí, es que tengo que llevar más agua aunque me moleste llevar peso. Lo pasé mal el último tramo. Aunque llevo años saliendo al monte, siempre aprendo algo nuevo. Que ya debería saberlo, pero se me olvida con facilidad.

   El camino se me hizo algo largo por la sed. Entre eso y el cansancio, no fui capaz de responder a las bromas. Lo reconozco, estuve muy sosa. Pero cuando me recuperé, le devolví todas y alguna más. Eso fue algo más tarde... En ese momento ya estábamos llegando. Vi una gran y bonita furgoneta a lo lejos. Pensaba que era la mía y puse el turbo para llegar cuanto antes.

   Foto de llegada y empiezan los preparativos para el camino de vuelta. Para la próxima, llevaremos hielos y los dejaremos en la nevera junto con alguna botella de agua y unos refrescos. Lección aprendida.

   Unos minutos más tarde y con la boca aún más seca gracias al plátano, llegamos a una máquina donde podías comprar de todo. Desde juguetes sexuales hasta chocolatinas o cervezas. Y por supuesto, agua. Hidratada y con comida en el estómago, volvía a ser yo y prometía venganza. En la próxima ruta, iba a conseguir agotar a mi compañero. Es mi objetivo. Es broma. En realidad, el único objetivo es pasarlo bien y disfrutar de un bonito día en buena compañía.

   Gracias por proponer la ruta, por animarme en todo momento, por mentirme diciendo que faltaba poco y por ayudarme a no rendirme.

   Bueno, y esta ha sido mi experiencia. Estoy muy contenta porque al día siguiente no tuve agujetas. Lo que significa que un poquito en forma sí que estoy. Gracias por leerme.

domingo, 19 de mayo de 2019

ALPARTIR


 Nueva entrada en la que hablo de una excursión. 

  Hay días que se pueden resumir con una palabra. Hoy es uno de ellos y la palabra en cuestión es "gracias". Me siento muy agradecida a las cuatro personas que me han acompañado a la excursión y por supuesto a la organización de la misma.

   En esta ocasión ha sido un bonito pueblo, Alpartir, el que me ha enseñado su impresionante paisaje. Me he quedado enamorada de lo verde que es. La paz que se respira allí, el sonido del agua del río que me ha acompañado durante la parte final del recorrido. Estoy feliz con esa carga de pilas que he sentido al finalizar la ruta. Ha merecido la pena, con creces, el gran madrugón.

   Cuando hace unos días propusieron la ruta dije que sí sin pensarlo. ¡Había huevos fritos en mitad de la ruta y era gratuita! No me podía resistir. Animé a los peques y otro chico se apuntó. Iba a ser un día redondo. Buena compañía asegurada, el paisaje seguro que también estaría a la altura y yo estaba decidida a superar esa caminata de nivel medio/alto.

   El día empezaba con un sueño. Mi niño pequeño no quería ir a la ruta y yo le enseñaba un castillo con luces. Me decía que sí, que se venía y que además quería conocer una fuente que había visto en un plano. Justo en ese momento volvía a sonar la alarma del móvil y me daba cuenta que eran ya las 5:30. Llegaba tarde. Quería salir de casa un cuarto de hora después y aún teníamos que preparar cosas.

   Con las tres mochilas y más tarde de lo que tenía pensado, salíamos de casa. Recogimos a uno de los chicos y empezaba la aventura. Yo sabía algo de una rotonda a la izquierda, todo recto y el nombre de un bar. Pero una servidora es una cabezona que insistió en ponerse el gps. ¿El resultado? Una llamada de teléfono porque la aplicación en cuestión me había mandado a otro sitio. Siguiendo las indicaciones llegué a la carretera por donde había venido y saludé a nuestro guía. El chico que nos había hablado de la ruta.

   Un cambio de coche después y tras subir con él por un camino lleno de barro, llegamos al inicio de la ruta. Un sendero precioso cuesta arriba. Mis pulmones no tardaron en protestar y les di su chute de medicina para hacerles callar. Por mi mente pasaba de todo. Desde "Yo puedo" hasta el habitual "¿Quién me mandaría a mi?". Todo ello mientras subía la dura cuesta. No sé si alguien me entenderá al leerlo, pero es un reto mental cada vez que salgo a la montaña. Por un lado tengo esa sensación de que estaría mejor en casa durmiendo y por el otro tengo ganas de descubrír el final del sendero. Me gusta esa sensación. Estoy contenta con ese reto mental que se repitió hoy varias veces a lo largo del paseo.

   Como era previsible, por las continuas visitas a la página del tiempo, empezó a llover. Fue el peor rato. Tenía miedo de que fuera a más, no por mí sino por los pequeños. Las nubes oscuras y la inacabable subida no ayudaban a disfrutar del paisaje. Afortunadamente, ese rato pasó y llegamos al punto donde íbamos a degustar los huevos fritos con jamón serrano y ensalada de tomate con ajo. Una delicia y gran recompensa al esfuerzo.

   El resto de la ruta era en mayor parte de bajada. Mi tripa llena lo agradeció. La conversación, con los chicos, era animada. El tema no era otro que el de hombres y mujeres y el miedo de ambos a la soledad. Me lo apunto como tema pendiente para desarrollarlo en una entrada de blog. Después de un rato andando, empezó a granizar, aunque al principio no me creían, al final me dieron la razón. Fue una piedra muy pequeña y duró poco rato. Después de eso volvimos a la senda por la que habíamos subido unas horas antes.

   Era imposible seguir el ritmo del grupo y acabé quedándome sola. Me gustó ese rato, me sirvió para estar conmigo misma. Hubo un momento en el que creí que me había perdido. Afortunadamente no fue así y llegué hasta donde esperaban mis compañeros de aventura. Andamos un poco más y llegamos al coche, dando por finalizada la ruta.

   Me dejo cosas en el tintero. Pero no quiero acabar la entrada sin antes recordar esa bonita sensación de ver amanecer, conducir por una carretera casi desierta. Son sensaciones nuevas. La conversación con uno de los chicos recordando anécdotas recientes. Los perros que nos acompañaron durante la ruta y que daban una sensación de unidad porque intentaban que todo el grupo fuera junto. Las personas que nos acompañaron. La gran mayoría bastante más mayores que yo. Mis pequeños eran los únicos de esas edades y en todo momento sentí que formaban parte del grupo. Y por último y no por ello menos importante, la actitud de mis hijos. Me siento muy orgullosa de ellos. En ningún momento preguntaron cuánto faltaba aunque alguno por ahí dijera que llevábamos un 28% de la ruta aunque estuviéramos casi a la mitad de la misma.

   Sé que ya lo he dicho al principio, pero quiero volver a decirlo. Gracias a los cuatro por un día inolvidable. Por ayudarme a ponerme a prueba, por todas esas sensaciones que me cargan las pilas. Gracias a ese bonito paisaje que espero algún día volver a visitar. Y a ti, gracias por leerme.

miércoles, 8 de mayo de 2019

CINCO AÑOS DESPUÉS, RUTA ACABADA


   


Entrada en la que hablo de una ruta... 


   De nuevo, el despertador suena demasiado pronto. Pero en esta ocasión el motivo no es para decirme que me vaya a trabajar, sino que me empuja a mi lugar favorito, la montaña. Y no va a ser una ruta cualquiera, sino que va a ser "la ruta". Una que hace 5 años no pude acabar y que hoy iba a hacerlo.


   A la hora acordada recogía a mi compañero de fatigas y me acomodaba en el puesto del copiloto. Dos horas después, la aventura comenzaba. Iba a seguir una ruta que habían hecho hace unos meses. Móvil en mano, fuimos accediendo por atajos hasta el cartel que marcaba nuestro primer objetivo. La primera subida pone a prueba mis pulmones y me obliga a echar mano del inhalador. Afortunadamente, me conseguí olvidar de él el resto del día.


   El río nos hace darnos cuenta del lugar donde nos encontramos. Miremos donde miremos, hay naturaleza, árboles, rocas, montañas nevadas. Lejos, muy lejos, quedan los problemas diarios. Atascos, estrés, edificios... Todo eso no existe. Unos metros más adelante llegamos al ibón. Sinceramente, lo recordaba más feo, tal vez porque lo vi con poca agua. Foto aquí, foto allá y justo cuando me voy a ir al baño, aparece de la nada una pareja. Ya que no puedo ir al baño, nueva sesión de fotos y tomo buena nota de alguna futura ruta. Confirmo lo que ya sé, mi compañero de ruta es sociable. Con una mirada asesina y cruzando las piernas le doy las gracias mientras nos alejamos de la pareja y del ibón.


   La ilusión va aumentando por momentos. Ya voy feliz con la vejiga vacía. Poco a poco nos vamos acercando a nuestra parada más espectacular. De camino, las marmotas nos saludan. Siguiendo la ruta marcada llegamos a un punto donde vamos a la aventura, porque la persona que registró la ruta no llegó hasta el arco.


   Se hace cuesta arriba en el sentido más literal ese último tramo. Mi acompañante, que hasta ese momento se había metido conmigo, se convierte en una animadora. Le faltaron los pompones para decirme que ya estábamos llegando y que faltaba poco. Por mi mente pasa de todo. Pensamientos como "¿quién me manda a mi meterme en esto?" acuden sin ser llamados. Evito darles importancia y me concentro en el camino. Dos posibles rutas. Derecha o izquierda. Nos dejamos guiar por la intuición de mi animadora particular y elegimos el camino de la derecha.


   ¡Aquí está! La cara de ilusión del hombre, lo dice todo. Sonrío mientras me acerco despacio. Mis piernas no dan para más. Y por fin, después de cinco años, ahí está. Desafiando al tiempo. Un impresionante arco. Es más espectacular que en foto. No me cabe la sonrisa en la cara. Me siento tan feliz como agotada. Foto aquí, foto allá y subimos unos metros más. Estamos casi encima del arco y las vistas son las más bonitas que he visto. Seguramente habré observado otros paisajes en la multitud de excursiones que he hecho. Pero en ese momento no soy capaz de recordarlo.


   Decir que me sentía feliz allá arriba es poco. Tenía una sensación de plenitud inmensa. Buena compañía, vistas espectaculares, no sentía el cansancio. Foto aquí, vídeo allá. El bocata de pechugas empanadas sabía delicioso. Hacía algo de aire y bajamos un poco. "Mire donde mire, veo una foto" no puedo estar más de acuerdo con él. Cierro los ojos, respiro hondo y deseo con todas mis fuerzas que el tiempo se detenga. Asumo que no tengo ese poder y me conformo con retener en mi mente la imagen del arco con las montañas nevadas y el lago de fondo.


   Como mi compañero tampoco tiene el poder de detener el tiempo, bajamos despacio. Sus palabras de animadora de antes, se convierten ahora de madre. "Ten cuidado, pisa aquí, pasa por allá" Oigo su voz de fondo y a la vez intento hacerle caso. Poco después llegamos hasta un árbol. Impresionante. Tengo la teoría de que le debió caer un rayo. Está totalmente seco, es enorme y sigue en pie. Sonrío mientras el móvil hace que ese momento quede grabado en una imagen.


   Ahora nos toca pasear por un suelo cubierto de hojas secas. Perdemos un poco la pista de la ruta pero al final y contra todo pronóstico, conseguimos encontrarla. Historias de hombres con sierras, osos y lobos se nos ocurren para amenizar el rato. Por fin, la pista nos conduce hasta el aparcamiento donde mi vehículo nos recibe con un refresco y un zumo de naranja fresco. Comemos algo más y damos por finalizada la aventura.


   De camino a casa y tras la cerveza de rigor, las bromas se suceden. Tal vez suene un poco raro, pero la persona que empezó la ruta no es la misma que la que la acabó. Me siento bien, feliz, con ganas de volver a cargar las pilas allá dónde el único ruido que se escucha es el de la pisadas de mis pies sobre la tierra.
  

domingo, 25 de junio de 2017

RODELLAR, NUEVA RUTA PARA NO OLVIDAR

Una nueva entrada en la que hablo de una excursión. 

   El día empezaba demasiado pronto. Como viene siendo habitual los domingos. Me acosté tarde y la lluvia me despertó antes que el despertador. Aunque me conseguí dormir después de oír la lluvia, no descansé igual. El asma hizo acto de presencia gracias a la humedad del ambiente.

   Salí de casa corriendo y pensando en gastar una broma al compañero que esperaba en una esquina cercana. Tenía demasiado sueño y no lo hice. Cuando llegamos al punto de encuentro, nos montamos en los coches y alguien gritó que nos faltaba una. Nuestra compañera venía con cara sorprendida al ver que nos íbamos sin ella. ¡¡María te queremos!!

   La lluvia nos acompañaba de camino al pueblo donde recogeríamos a dos componentes más. Recuento, 5 chicos y 7 chicas. En esta ocasión la cosa estaba más equilibrada???? que en otras ocasiones.

   Tras un rato de curvas, llegábamos al punto donde empezaba la ruta con un café y alguna galleta. Había que meterle algo al estómago para preparar al cuerpo para el ascenso. En esta ocasión el pueblo que nos recibía es rodellar.

   Ascendemos una cuesta y nos encontramos una poza, que volveremos a ver hacia el final del día. La ruta es preciosa. Bonito paisaje y compañía insuperable.

   Después de caminar varias horas bajo el sol, comemos algo. Estoy feliz, me entra la comida. Eso significa que el cansancio no es tanto como el de otras rutas. Pasan por nuestras manos de todo, sandía, gazpacho, queso con membrillo, incluso jalapeños y chocolate. Nos lo montamos bien.

   Tras un ascenso bajo el sol, baño en la poza del principio. Los más valientes se sumergen en el agua helada. Yo me dedico a mirarles desde la orilla mientras descanso. Minutos de relax y llegamos al bar. Vemos pasar un grupo de personas con unos perros. El último va con la lengua fuera. "Mira, ese es Isa". Lo dice con miedo por si me enfado, nada más lejos de mi intención. Las risas son generalizadas.

   De nuevo, una ruta genial. Quiero decir, desde mi espacio personal y con todo el sentimiento... ¡¡María te queremos!!

lunes, 12 de junio de 2017

ALQUÉZAR






Entrada donde cuento lo bien que me lo he pasado un sábado. 

   
   El día empezó demasiado pronto para mi gusto. Sólo había dormido unas pocas horas cuando el despertador amenazaba con taladrar mis oídos si no le hacía caso. En 20 minutos ya tenía la mochila preparada con ganas de pasarlo bien, agua y mucha ilusión.

   A la hora señalada estábamos en el parking esperando a una de nuestras conductoras. El recuento final era 1 chico y 6 chicas. No se lo monta mal el amigo no, porque éramos todas diferentes, altas, bajas, rubias, morenas... tenía para elegir. Bromas a parte, era una situación un poco rara porque no nos conocíamos todos. Eso sí, nos unía una cosa, la mochila cargada de ganas de pasarlo bien.

   Fui en el coche con una buena amiga, una compi del colegio y ahora de trabajo y el hombre valiente. La otra conductora iba con dos chicas que no conocía de nada, pero yo sabía que se lo iba a pasar bien las tres.

   Al poco de salir hicimos una parada en la gasolinera y nos dejamos el limpia trasero levantado. Cuando mi compi se dio cuenta empezamos con la broma del palo que estaba levantado. Envié un WhatsApp al grupo para avisar al coche delantero que llevábamos el palo tieso. Tras varios mensajes, paramos y lo bajamos. Porque ya sabemos que todo lo que sube... baja.

   El viaje se me hizo corto y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos tomando cafés y refrescos. La idea de quedarnos y tomar unas bravas era muy tentadora. Pero nos podía las ganas de disfrutar del paisaje. No era una ruta difícil, pero había que empezarla.

   Cuando iniciamos la bajada me empecé a encontrar mal. Es lo que tiene el no desayunar y hacer esfuerzo bajo el sol. Está claro que una chocolatina no me dio la energía que necesitaba. Pasado ese momento de bajón, continuamos hasta una cueva donde nos mojamos los pies para aliviar un poco el calor veraniego.

   Parecía que nos conociéramos de toda la vida. Había risas, bromas y todo se decidía de buen rollo. Nos pusimos de acuerdo en echarle la culpa de todo a una de nuestras conductoras. Ella lo asumía con una sonrisa.

   Pasamos por las pasarelas de Alquézar, que están en un precioso pueblo oscense. Te recomiendo visitarlo si no lo has hecho ya. Están a unos metros sobre un bonito río. No tiene dificultad ninguna, aunque a la aquí presente, le impresiona verse tan alta. Es lo que tiene ser bajita. Eso sí, en las fotos salgo con mi mejor sonrisa.

   Comimos muy cerquita de ese río que desde arriba se veía tan bonito. Os cuento un secreto. Desde abajo, aún lo es más. Relax, bocata casero, licor de chocolate con cereza cortesía de una compañera, sandía que llevaron dos compis más... allí lo tenía todo.

   Mientras miraba el río pensaba en lo lejos que estaban mis problemas. Allí no tenía ninguno. Era inmensamente feliz. Estaba relajada y no quería moverme. A la vez que yo estaba sumergida en mis pensamientos, un par se fueron a investigar lo que había río arriba. Otras chicas cubrían su cuerpo con el agua helada. Estábamos muy bien, muy a gusto.

   Después de pasear por las piedras y que una de nuestras chicas se cayera de culo, iniciamos el camino de vuelta. Una compi le devolvió a la chica que se había caído su chancleta. Debe ser que tenía más ganas que la dueña de emprender el camino.

   La subida no era tan pronunciada como la bajada. Se hizo corto. Con cada paso que daba, dejaba un nuevo recuerdo sobre las piedras. He estado en Alquézar varias veces y cada una de ellas ha sido especial y diferente. Bonito lugar, bonitos recuerdos, inmejorable compañía... no se puede pedir más. Bueno sí, una cervecita bien fresquita.

    Hicimos una parada en un pueblo llamado Adahuesca. Allí trabaja un amigo de una de las chicas. Cuando llegamos sólo éramos 5, ya que mi compi de clase y el chico se habían ido porque él trabajaba por la tarde. En el bar aprendimos sobre barranquismo y planeamos una salida con traje de neopreno. Teníamos guía y ellas tenían ganas de aventura así que sólo falta poner fecha.


   Con las últimas fotos nos despedíamos del amigo de nuestra compi y volvíamos a Zaragoza. El camino de vuelta fue entretenido. Hablando todo el rato de lo bien que nos lo habíamos pasado. Con ganas de repetir la experiencia.

   En media hora puse una lavadora con la ropa que llevaba porque la necesitaba para el día siguiente. Me duché y me arreglé un poco para salir a cenar con una gran amiga. Fue el broche de oro a un día en el que la belleza interior de las personas con las que iba superaba a la del paisaje.
 

lunes, 29 de mayo de 2017

VIVA YO


Entrada en la que cuento cómo he pasado un domingo de excursión...

   Sí, lo sé. El título suena presuntoso. Si es la primera vez que lees mi blog, pensarás que soy una creída y si ya sabes que no lo soy, te sorprenderá. Pero en estos momentos, después de un día tan intenso, no se me ocurre un título mejor. Como ya has leído en la introducción, voy a contar cómo he pasado un bonito domingo.

   Todo empezó esta mañana a las siete de la mañana. Había quedado en un cuarto de hora e iba loca por la casa preparando las cosas. Me hice dos sándwiches, metí el agua (metí tres botellas de medio litro y saqué una), un batido de fresa, una ensalada... Lo siguiente era vestirme. El día anterior, aprovechando la tarjeta regalo de unas amigas, me compré un pantalón de senderismo. Decidí volver a la montaña y lo iba a hacer con la ropa adecuada. Adiós a mis cómodos vaqueros. Quito las etiquetas y me pongo un pantalón... una talla más pequeña. Me metí dentro del probador con dos tallas, decidida a cogerme la mía y sin querer cogí la equivocada. Contengo la respiración y abrocho el botón. Ya estaba lista para una ruta que me habían avisado que iba a ser dura. Pero ¿Quién dijo miedo? Yo no... aún.

   Llego cinco minutos tarde al lugar donde había quedado con una de mis compañeras de fatigas. Tengo que aprender a levantarme antes. Estar sentada al volante no era muy cómodo, pero yo no iba a renunciar mi recién estrenado pantalón de senderista.

   Ya en el lugar de la quedada, dos besos a los componentes de la excursión y cada uno a su coche. Un par de guantes hacen compañía al resto de cosas. Minutos después de arrancar, una parada para recoger al último compañero. En total, 9 personas, 6 chicas y 3 chicos. En común ganas e ilusión por llegar al punto de destino.

   Muy cerca del parking empieza la ruta. Antes de empezar, guardo mi batido de fresa en la nevera de un compañero, nos echamos crema y algunos se ponen las botas de montaña. El inicio, cuesta arriba, como tiene que ser. Mis pulmones luchan por acostumbrarse al esfuerzo extra. Subimos por un camino de piedras con arena. No es difícil el ascenso, pero sí requiere que ponga mi cara seria de concentrada. De vez en cuando alguien me pregunta como voy. Sonrió tímidamente y miento "bien".

   Cuando llevamos un rato, nos toca subir por cuerdas. En el primer sitio está enrollada y una de las chicas tiene que subir "a pelo". Amablemente, nos la lanza desde arriba. Consigo subir. Ole por mi. Unos metros mas allá, otra cuerda y tras subir durante unos minutos, la última cuerda. Elegimos entre agarrarnos a ella y ascender o trepar por unas rocas. Voy toda decidida, vale... es mentira. Me pongo delante de unas grandes rocas con más miedo que otra cosa y empiezo a subir. Una mano amiga me invita a cogerla. Mis pies no encuentran punto de apoyo. Me bloqueo. No puedo subir, tendré que quedarme abajo. Venga, que yo puedo, ya están arriba 7. Miro la mano, no me atrevo. Respiro hondo y alguien me coge y tira. Sin saber cómo llego hasta arriba, al cambiar de persona se ha ido el bloqueo y he sido capaz de superar el tramo más difícil.

   Esta ruta está siendo dura y no sólo por el esfuerzo físico que requiere, sino por el esfuerzo mental. Lucho contra los "no puedo", "estoy agotada, yo me quedo aquí" y los combato con "sí puedo", "a pesar del cansancio llegaré hasta la cima". También ayudan mucho los ánimos que me llegan de fuera "vamos bien" "tú puedes" "después de esta curva se acaba la subida". Frases motivadoras que animan más de lo que parece.

   Las manos me huelen a bicicleta, porque uno de los compis que me ayudó llevaba guantes de bici. Recuerdo la ruta más larga que hice cuando le daba a los pedales, 60 kms. Y los hice todos. A pesar de que estuve tentada varias veces de tirar las dos ruedas al canal. Si superé eso, podré con todo.

   El último tramo es el más duro. Piedras sueltas. Recibo mucha ayuda que tanto yo, como mis rodillas agradecen. Me piden que pise con seguridad, pero las rodillas tiemblan y no es posible. Poco a poco, vamos avanzando hasta la cima. Merece la pena el gran esfuerzo.

   Comemos algo, nos hacemos unas fotos, descansamos y para abajo. Cuando acabemos las piedras sueltas unos suculentos sándwiches me esperan. No hay manera de parar el temblor. El cansancio y el miedo se han apoderado de las rodillas. A pesar de ello, consigo llegar abajo. Tres mordiscos al primer sándwich y lo guardo en la mochila. No soy capaz de comer nada, ni la ensalada. Siento frustración. Hacía tiempo que no me pasaba. En las primeras excursiones a las que salí, hace ya varios años, no era capaz de comerme la comida que llevaba. Una chocolatina, frutos secos, algo de fruta... pero imposible algo con más consistencia. Decido que el próximo día, llevaré algo que me apetezca mucho y lo comeré.

   Tras un descenso que se me antoja interminable, llegamos a los coches. Mi nivel de cansancio es nuevo. Nunca había estado tan agotada. Agradezco el agua fresca que me ofrecen y bebo el batido de fresa fresquito. Me sabe a gloria, delicioso, el mejor de la historia. Sé que el culpable de todas esas sensaciones es gran esfuerzo físico.

   He sido capaz de subir y de bajar sin abrirme la cabeza. El pantalón se me ha roto, al igual que las bragas debido a que lo he paseado por media montaña, la sensación de subir el peso de comida que no me he comido tampoco es agradable. Pero a pesar de todo, estoy muy contenta y orgullosa de mi.


   Ya en casa y tras una merecida ducha, veo que me he llevado los guantes de una compañera. No pasa nada, seguro que la volveré a ver delante de un café o de otra montaña.

   Se me olvidaba recordar las cervezas de después de la ruta. Risas, bromas, buen ambiente y las últimas fotos para recordar siempre un domingo inolvidable.


lunes, 7 de mayo de 2012

VISITA AL MONASTERIO DE PIEDRA

“Te vas de excursión a un sitio donde todo es nuevo y encima ves a un chico que te gusta, vamos, el día ideal”. Compañero, no puedo estar mas de acuerdo contigo. Tal vez sea la frase que mejor describe este día lleno de sentimientos, emociones y sobretodo sensaciones. En realidad esa frase no describe solo este día, sino alguno que otro… pero eso… es otra historia.
Lo prometido es deuda. Así que de nuevo aquí estoy, frente al ordenador, para relatar una nueva excursión. Tengo muchos sentimientos que quiero transmitir y espero ser capaz de hacerlo. Antes de iniciar el relato quiero contaros cómo estaba yo hoy. Necesitaba ir al Monasterio de Piedra. Tenía que reencontrarme conmigo misma. Hacía mucho tiempo que quería volver y la verdad es que me ha servido de mucho. La última vez que recorrí el paisaje fue hace 10 años, en aquella ocasión me acompañó un amigo. Hoy he ido con dos mamás, un papá y los pequeños. Los míos son hijos de aquél amigo con el que fui la última vez al Monasterio de Piedra. Antes de nada quiero pedir disculpas si he estado ausente. Durante la primera parte de la jornada observaba cada cascada, cada rincón verde, cada piedra mojada por el agua. Sólo éramos la naturaleza y yo. He tocado el agua en varias ocasiones y ello me ha servido para sentir que estoy viva. Poco a poco he salido de mi caparazón para estar con vosotros y disfrutar del paseo.

Hoy mis cinco sentidos han estado alerta.

El gusto, saboreando un bocadillo de jamón serrano después de varias horas andando.

El tacto. Tocando el agua helada, dejándola escurrir entre mis dedos. Acariciando la piedra de debajo, húmeda y suave. Pasando la mano por las barandillas de madera, sintiendo su tacto rugoso.

El olfato. Cierro los ojos y todavía recuerdo el olor a vida, a tierra, a agua, a flores y hierva… En definitiva, a naturaleza en todo su esplendor.

La vista. Imposible describir con palabras el paisaje, la copa de los árboles, las rocas, el color de agua azul, blanca en la cascada, verdosa cuando llegaba al final de la misma. El colorido de los pájaros que nombraré mas adelante. El marrón en diferentes tonos del gran árbol que si hablara nos llamaría “insectos”. Me he sentido insignificante ante el tamaño del tronco. Afortunada por poder admirar todo lo anterior. Un tímido rayo de sol penetrando en el agua clara mientras cae por una cascada. La oscuridad de la cueva… Lo siento, no soy capaz de transmitir todo lo que he visto, no me veo capaz de expresar con palabras semejante belleza.

El oído. Pájaros de diferentes especies han cantado durante nuestro paseo. El rumor de agua ha estado presente en todo momento. Una pequeña cascada aquí, otra grande allí, un riachuelo mas adelante… Los pájaros, el silencio y el agua a la vez. En esta ocasión no ha sido el silencio lo que me ha llamado la atención sino el rugir del líquido elemento, en momentos ensordecedor. Ese sonido es aún mejor que el ya citado silencio. Ayuda a cargar las pilas, da fuerza para continuar, anima a seguir andando… y no sólo me refiero a caminar por la senda del Monasterio, sino por la de la vida. El aire, moviendo la copa de los árboles y susurrando con su voz tan característica. Y todo esto mezclado con frases y palabras como: “Mamá” “Papá” “Chicos, vamos a hacer una foto” “Tú, no te subas ahí”… o una frase no acabada.

A esta nueva entrada le falta algo y es el sonido que hemos escuchado, el olor del ambiente, la rugosidad de los elementos descritos, el sabor de unas pechugas empanadas o un chocolate de frambuesa y sobre todo la belleza del paisaje.

No quiero acabar mi relato sin antes contar un hecho que considero relevante. Lo cierto es que después de escribir lo anterior no me sorprende que haya sucedido, y si va bien la cosa espero que las excursiones no acaben aquí y haya muchas otras. El amor ha llegado al Monasterio. Dos de los excursionistas, sin saber muy bien como, se han dado cuenta que entre ellos algo está naciendo. Han caminado de la mano, cuchicheado sin cesar, buscado sitios oscuros en los que no había nadie… La chispa en su mirada les ha delatado y el resto del grupo nos hemos alegrado por ellos.

Bueno, creo que va siendo hora de poner punto y final a esta entrada, aunque esas palabras no me gustan mucho, así que pondré punto y seguido. Eso sí, gracias a los mayores por la compañía y sobretodo a los pequeños, ya que gracias a ellos hemos podido disfrutar de un sábado diferente.

lunes, 9 de abril de 2012

RETO

Ayer una amiga y yo hicimos una excursión. El camino en un primer momento era llano, después empezaron las cuestas. ¡Y que cuestas! No podía con mi alma. Mientras ascendía iba pensando en el camino. Intentaba animarme imaginándome lo que vería cuando llegara al final del mismo. Hicimos varias paradas durante el ascenso para admirar el paisaje y respirar un poco. Allí no tenía problemas, el único era dar cada paso sin caerme. Cuando llegamos al final de la ruta quedé decepcionada. Habíamos llegado a un hayero, cuando yo pensaba que nuestro destino era la cima de una montaña. Las vistas eran bastante pobres, tan sólo había árboles a nuestro alrededor. El paisaje de subida era mas bonito. Después bajamos hasta llegar a nuestro punto de origen. Resbalé un par de veces pero ninguna me caí. Si cogemos la excursión y la comparamos con la vida real encuentro muchos parecidos. La vida es un camino que va por etapas. En ocasiones son duras, muy duras las subidas, pero son necesarias para llegar a nuestro destino. Tal vez lo que encontramos al final del camino no es lo que esperamos, pero es imprescindible recorrerlo. No importa si estás cansado o si sientes que la cuesta no va a acabar nunca. El final siempre llega y está ahí, esperando a que llegues. Cuando has llegado debes continuar el camino. No sabes si el próximo será mas fácil o mas difícil que el que has recorrido, pero hay que seguir. Y siempre hacia adelante. Mirando atrás lo justo para alegrarte de lo conseguido y para aprender de los errores. Es necesario tropezar para darnos cuenta que tenemos equilibrio y que a pesar de tropezar no caemos. Si en algún momento nuestras manos tocan el suelo, no pasa nada, las utilizaremos para levantarnos y continuar. Ayer fue uno de esos días en los que me olvidé. Tocando el agua del pequeño río olvidé mi trabajo, subiendo la cuesta olvidé que tenía que planchar, observando lo que me rodeaba olvidé el resto de cosas. Allí sólo era la amiga de mi acompañante y una chica con ganas de andar y de cansarse. Y si, me cansé. Hoy tengo agujetas hasta donde la espalda pierde su casto nombre. Pero me siento feliz. Viene bien desconectar. En la vida no puedes hacerlo, o vives o no vives. Yo he decidido lo primero y espero tener la fuerza necesaria para llegar a lo alto de aquella montaña. Dejé la ruta a medias y eso es algo que no quiero que sea así. Deseo acabarla, tengo ganas de llegar a lo alto y observar las vistas, hacer alguna foto y sentir que he acabado una etapa de mi vida y que debo continuar buscando el siguiente reto.

lunes, 12 de marzo de 2012

DOMINGO, UN DÍA INOLVIDABLE

Con un beso de buenas noches doy por finalizado este bonito domingo. El sonido rítmico de la lavadora me recuerda las aventuras vividas. El madrugón, el paseo por la ciudad buscando como llegar a los números pares de una calle... Todo empezó el día en el que decidí apuntarme a una excursión. Era en domingo y los peques iban a pasar el día conmigo. Consulté con los reyes de la casa la posibilidad de ir a la nieve y su respuesta no pudo ser mas efusiva. No había duda, todos queríamos ir a la nieve. La idea de conocer mas mamás y otros peques me atraía mucho, a pesar de que mi lado tímido insistía en que no iba a hablar mucho. Decidí no hacerle caso y confirmé mi asistencia. Tan sólo conocía a una de las personas apuntadas. El día en el que me la presentaron tuve una impresión muy positiva. Persona alegre, extrovertida... Si iba ella no me lo podía pasar mal. Los días avanzaban con gran lentitud y parecía que el domingo no quería hacer acto de presencia. Finalmente, y a las siete de la mañana, una alarma en el móvil me dice que ya es hora de hacer un viaje para pasar frío, echar unas risas y dejar atrás algún que otro miedo... La ilusión con la que se han despertado los peques era contagiosa y he salido de casa con una sonrisa y muchas ganas de conocer a la gente que había apuntada. Era la encargada de ir a buscar a una de las chicas y a su peque. Con el gps del móvil supuse que no tendría problema por encontrar la calle, lo que no contaba era con el mensaje de "Conexión perdida", que venía a decir "¿Sabes llegar a tu destino desde esta calle que no conoces? Pues te las apañas porque el satélite de turno se ha perdido y no tiene ni idea de donde te has metido" Confié en mi intuición, porque sentido de la orientación no tengo, y llegué a la calle señalada. Tan sólo había un pequeño detalle, estaba en los números impares y tenía que ir a los pares. Lo que parecía una tarea sencilla acabó con una llamada pidiendo a mi compañera de viaje que se cambiara de acera porque no sabía como llegar a los números pares de su calle. Ya con dos ocupantes mas en el vehículo ibamos de camino al punto de encuentro. Afortunadamente había pasado en varias ocasiones por esa carretera y no tuve problema para llegar a la gasolinera. Una vez allí, saludé a la chica que me presentaron meses antes en un bar de copas y al otro integrante de la excursión, un papá que se había atrevido a venir con tres mamás. Ya en el coche, y de camino a Francia, me enfrenté a unos de mis miedos. La carretera. Eso de poner el coche a 120 km/h me da un poco de respeto, no estoy acostumbrada a ello pero sabía que podía hacerlo, como así ha sido. Rato después una parada técnica para el pis de rigor, unas galletas, un café y las primeras fotos. Tras comprar el pan, volvemos a la carretera. Las frases de "¿falta mucho?" y "no se ve nieve" llegan al poco de reanudar la marcha. Casi sin darnos cuenta mi hijo mayor me mira con ojos suplicantes. ¿Puedo tocar la nieve?. Hace tan sólo un minuto que hemos aparcado el coche y se muere de ganas por tocarla. Ya con las manos frías accede de buena gana a ponerse los pantalones prestados. Vestidos todos con nuestras mejores galas caminamos hacia una cuesta donde nos lanzamos con el trineo que trae el conductor del coche al que he seguido durante el trayecto. Yo sólo me he tirado tres veces. Una sóla y otra con cada uno de mis dos pequeños. Como experiencia, bien, pero si tengo que elegir entre ir a 120 km/h con el vehículo o a 5 km/h con el plástico rojo... Me quedo con la seguridad del volante. Risas, culetazos, árboles que miran a los intrépidos "trineteros" con miedo... La diversión está asegurada.Entre todos hacemos un original muñeco de nieve con nariz de zanahoria y bufanda. Mas fotos y guerra de bolas de nieve. Mi hijo mayor se alía con el papá y entre los dos consiguen que la nieve me entre hasta... Bueno, ya me entendeis. A una de las pequeñas se le ocurre la idea de subir hasta una casa situada en lo alto de una pendiente blanca. Con mas o menos entusiasmo por parte del resto del grupo accedemos a subir hasta allí. Mas culetazos, bolas de nieve volando y mi hijo pequeño, que es de Zaragoza capital, llevando el pesado trineo montaña arriba. Aprovecho el ascenso para recordar los integrantes de la aventura. Una mamá que conozco, que va con su pequeña. La mamá a la que le pedí que se cambiara de acera y su pequeño. El papá atrevido con su niña y una servidora con dos chicos. Dos niñas y tres niños frente a tres adultos... nos ganan por mayoría. Tras subir con mayor o menor dificultad la cuesta, llegamos a la parte de arriba. Aquí el grupo se divide. Yo me quedo con una mamá disfrutando del sol mientras vemos la frontera con España, a tiempo que el resto se va a seguir escalando otra montaña mas alta. Minutos después dos abrigos rojos nos saludan desde lo alto de la citada montaña. Han llegado hasta allí una mamá y mi hijo pequeño. Les admiro, yo no habría podido. Nunca me ha había planteado la dificultad que supone andar por la nieve, sobretodo cuando te hundes sin previo aviso. Reunido ya el grupo el hambre hace acto de presencia. Acercamos los coches y las risas continúan. He de confensar que soy torpe y en varias ocasiones estoy a punto de acabar bajo el coche. Estaba aparcado de culo justo después de una pequeña cuesta nevada. Yo intentaba sentarme en la nieve para disfrutar del bocata de pavo y chorizo. Sentarme era mas o menos fácil pero cuando me despistaba la nieve se convertía en hielo y yo resbalaba acia los bajos del coche. Está mal que yo lo diga, pero siempre he dicho que mi hijo mayor es como yo, y lo ha demostrado metíendose debajo del coche. Literalmente. Afortunadamente no había ningún cable suelto y el papá se ha quedado mas tranquilo tras la involuntaria comprobación del pequeño. No nos hemos privado de nada. Toda clase de embutido, pan de pueblo, chucherías, huesitos, hasta resfresco bien fresquito. Con la tripa llena, nueva guerra de bolas. Un rato de sobre mesa, bueno, sobre nieve mientras los pequeños disfrutan y se ponen o no deacuerdo en el uso del trineo. Mas fotos y una de las pequeñas viene a por comida. Estábamos las mamás hablando y viene a por cuatro sugus y botellas de agua. Nos pide ayuda y cuando me acerco medio patinando, dice que hay un iglú. Efectivamente, han construído un iglú en el que cabe una persona adulta de pie. Rato después el reloj nos indica que es hora de volver a casa. Ya no queda ningún coche en el parking y las caras de cansancio de grandes y pequeños son evidentes. Nos ponemos ropa "normal" y tras una parada técnica llegamos a casa. Este ha sido mi día de hoy.