domingo, 27 de septiembre de 2026

AUSENCIA

 Relato dedicado con todo mi cariño a una perra con la que compartí buenos momentos.

   Suena el despertador. Lo apago y me doy media vuelta. Va a hacer ruido varias veces más. El sonido de la puerta de casa me dice que alguien ha salido. En unos minutos oiré a Luna andar por el pasillo, venir hasta la puerta de la habitación para pedir agua del bidé. Después, el sonido de la comida cayendo en su bol y a ella masticando. 

   Pasan los minutos y la puerta no se vuelve a abrir. No han salido a pasearla porque ya no vive en casa. Desde hace unas horas está en el cielo, como me gusta pensar a mí. 

   Llego al trabajo y hay un silencio poco habitual. Recibo el pésame de los compañeros a tiempo que lucho contra las lágrimas. A mitad de mañana me voy a dar un paseo. Necesito tomar aire. Camino por la sombra sin rumbo fijo. Intentando escapar de la tristeza. Pero ella es más fuerte que yo y está decidida a no abandonarme. Me rindo y decido volver a la oficina. 

   En el tranvía de vuelta miro por la ventana. No veo a la gente que pasea por la calle. En mi mente está entrar en casa y saber que no me van a recibir moviendo la cola. O que no va a estar tumbada aporreando el suelo. Ni va a entrar después de mí tras su paseo. Otra vez, las lágrimas ganan la batalla.

   Llaman a la puerta y nadie sale corriendo y ladrando para avisarme. Cojo el paquete y me siento en el suelo. De nuevo nadie me lame la cara. Y eso duele. 

   Ya en la cama, todos los recuerdos del día me atacan a la vez. Y me dicen que mañana será peor, porque los días no sólo pasan sino que pesan. Y cambiar una rutina establecida durante 7 años es muy duro. No escuchar "saca a Luna ahora antes de que empiece a llover ", los besos en la cara cuando alguien se agacha, decir "este pollo al horno que ha sobrado para ella". 

   Cierro los ojos y me viene a la mente la puerta de la cocina abierta. Ahora puede estar así, ningún ser de cuatro patas va a entrar para ver qué encuentra. En el salón, una valla lo divide por la mitad, en un lado su cama que ya no está y en el otro el sofá donde no se va a volver a subir. 

   Duele el recuerdo de los buenos momentos, la despedida en casa. Y la esperanza de un milagro hasta que recibí el mensaje "la están durmiendo". En ese momento algo se rompió. Fue mi corazón el que se hizo añicos. 

   Ahora toca dejar que el tiempo pase y que cure las heridas. Morfeo me abraza a tiempo que entro en un profundo sueño. En el que, tal vez, volvamos a jugar juntas. Porque sólo en sueños podré hacerlo.

   Suena el despertador. Lo apago y me doy media vuelta. Un nuevo día comienza. Un día en el que la puerta se va a abrir y cerrar sólo una vez.



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