Es la primera noche que no estás en casa y te echo mucho de menos. Llevo tan sólo unas horas sin oír el ruido de tus uñas golpeando el sueño y ese silencio me hace daño en los oídos.
No has venido a saludar cuando la puerta de casa se ha abierto. Y eso duele. Y duele saber que no voy a oír la rutina nocturna. Puerta que se abre y se cierra. Unos minutos de silencio. Puerta que se abre y se cierra. Uñas contra el suelo. Pienso cayendo en tu bol. Oírte comer, beber agua y paseo por la casa buscando el postre. Mañana por la mañana no vas a beber agua en el bidet. Y la ausencia de todo eso, también duele.
Sé que estás bien, que tu sitio ahora es en la jaula de la clínica donde te pueden dar calmantes.
Estoy muy triste. ¿Y sabes lo peor? Que hoy es lo fácil. La incertidumbre de no saber lo que tienes es mejor que la certeza de saberlo. Las posibles enfermedades que ha dicho el veterinario suenan a cual peor. Pero voy a mantener el optimismo. Te lo debo.
Desde que te conocí decidí que no quería enamorarme de ti porque sé que tu esperanza de vida es menor que la mía. Pero hoy me he dado cuenta que me he enamorado hasta las trancas, como se suele decir.
Voy a dejar la entrada aquí. Sólo pedirte que seas fuerte. Mañana te van a hacer una prueba para saber lo que tienes. Y va a salir lo mejor posible. Se curará con medicación, operación o lo que diga el profesional. Y ya está. No me quiero ni plantear ninguna otra opción.
Te quiero.